
Revisado el 13 de septiembre de 2026 · 6 min de lectura
En este artículo
Lo que sabemos de una marca acompaña al producto
En una cata a ciegas intentamos valorar lo que tenemos delante sin conocer su procedencia. Cuando aparece la etiqueta, entra en juego otra información: recuerdos, experiencias anteriores, expectativas y lo que creemos que representa la marca. La pregunta interesante es hasta qué punto esa información puede cambiar la valoración.
Hay experimentos que han encontrado diferencias entre presentar un producto de forma anónima y acompañarlo de señales de marca o de precio. Eso no convierte a los consumidores en personas fácilmente programables. La marca aporta contexto a la experiencia; no determina por sí sola lo que comprará cada persona.
Branding: más que reconocer un logotipo
En su modelo de valor de marca desde la perspectiva del consumidor, Kevin Lane Keller distingue la notoriedad y las asociaciones que una persona mantiene sobre una marca. El valor aparece en la diferencia de respuesta que produce conocerla, frente a presentar una oferta equivalente sin esa identificación. Es un marco conceptual para pensar el problema, no un experimento que asigne un porcentaje de ventas a un logotipo. Keller, 1993.
Aplicado a un negocio pequeño, esto sugiere mirar más allá del diseño gráfico. Imagina una tienda que quiere ser recordada por explicar bien sus productos. La identidad visual puede acompañar esa intención, pero también cuentan las fichas, las respuestas a las dudas y la coherencia de la experiencia. Es una propuesta de trabajo basada en ese marco: habría que preguntar a los clientes qué recuerdan realmente antes de concluir que la asociación se ha construido.
Qué estudió el conocido trabajo sobre Coca-Cola y Pepsi
McClure y colaboradores compararon respuestas a Coca-Cola y Pepsi en pruebas de degustación y en condiciones de resonancia magnética funcional. Estudiaron la presentación anónima y la presentación con señales de marca. El conocimiento de una de las marcas modificó las preferencias expresadas y las respuestas cerebrales registradas. El resultado ilustraba que la información cultural que acompaña a un producto puede participar en su valoración. McClure et al., 2004.
El estudio no mide qué ocurriría con cualquier marca recién creada, ni predice la cuota de mercado a partir de un escáner. Tampoco demuestra que la publicidad elimine la importancia del sabor. Una preferencia expresada en una prueba y una compra real, con presupuesto y alternativas, no son la misma variable.
Por eso es mejor hablar de interacción entre producto e información que resumir el caso como «el cerebro prefiere el anuncio». Esa frase resulta llamativa, pero borra las condiciones del experimento y convierte una observación concreta en una explicación demasiado amplia.
El precio también puede generar expectativas
Plassmann y colaboradores investigaron una cuestión relacionada con vino. Los participantes probaron muestras que creían diferentes y asociadas a distintos precios, aunque algunas correspondían al mismo vino. En ese diseño, presentar un precio mayor aumentó las valoraciones de agrado y la señal registrada en una región vinculada a la experiencia de agrado. Plassmann et al., 2008.
De nuevo, el alcance importa. El estudio no demuestra que subir el precio de un producto lo mejore físicamente, ni que el cliente vaya a comprarlo más. Una expectativa puede influir en una valoración y, aun así, el precio resultar inasumible. Para decidir sobre precios habría que estudiar demanda, costes, competencia y experiencia real, además de la percepción.
Qué puede aprender una marca sin copiar una gran campaña
Mi propuesta es empezar por una promesa concreta y comprobable. «Productos excelentes» dice poco sobre la experiencia que encontrará el cliente. «Explicamos las diferencias para que elijas según tus necesidades» permite revisar si las comparativas, las fotografías y la atención cumplen lo prometido. No es una receta experimental de éxito, sino una forma de convertir una intención de marca en algo observable.
Una revisión básica podría centrarse en tres preguntas:
- ¿Qué información recibe la persona antes de comprar? Revisa imágenes, descripciones y expectativas sobre uso, entrega y resultado.
- ¿Qué encuentra después? Compara esa promesa con el producto recibido y con las dudas que aparecen al utilizarlo.
- ¿Cómo describe la experiencia con sus propias palabras? Escucha sin sugerirle previamente los adjetivos que te gustaría oír.
Si el mensaje promete sencillez pero las instrucciones son confusas, el problema no se resuelve cambiando únicamente el color del envase. Ese diagnóstico exige observar el recorrido completo. Puedes ayudarte de la plantilla de customer journey para localizar la distancia entre expectativa y experiencia.
Cómo evaluar un cambio de presentación
Supongamos que rediseñas la ficha de un café. Puedes investigar si se comprende mejor su procedencia, si se recuerdan sus características o si los visitantes identifican para quién resulta adecuado. Cada pregunta requiere una medida diferente. Si el objetivo final es una compra, no conviene darlo por conseguido solo porque la imagen reciba más valoraciones positivas.
Para comparar versiones, mantén constantes las características del producto y explica con precisión qué ha cambiado. En una prueba de percepción, pregunta primero de forma abierta. Si empiezas diciendo «¿te parece más premium?», ya estás introduciendo la categoría con la que quieres que respondan. Anota también la experiencia previa con la marca: puede ayudar a interpretar respuestas distintas.
Estas son sugerencias metodológicas para preparar una prueba, no resultados de una campaña realizada por Neuropatrons. Un estudio pequeño puede detectar problemas y orientar hipótesis; no debe presentarse como si representara automáticamente a todo el mercado.
Una marca se investiga en la experiencia
Los trabajos citados muestran que las señales de marca y de precio pueden influir en la valoración bajo condiciones concretas. Para un proyecto propio, la aplicación más útil es cuidar la coherencia de lo que se promete, observar cómo lo interpreta el público y medir qué ocurre. El logotipo es una parte visible de esa experiencia, pero la investigación requiere mirar más allá de él.
Bibliografía
- Keller, K. L. (1993). Conceptualizing, Measuring, and Managing Customer-Based Brand Equity. Journal of Marketing, 57(1), 1–22. DOI. Marco conceptual.
- McClure, S. M., Li, J., Tomlin, D., Cypert, K. S., Montague, L. M. y Montague, P. R. (2004). Neural Correlates of Behavioral Preference for Culturally Familiar Drinks. Neuron, 44(2), 379–387. DOI. Estudio experimental.
- Plassmann, H., O’Doherty, J., Shiv, B. y Rangel, A. (2008). Marketing Actions Can Modulate Neural Representations of Experienced Pleasantness. Proceedings of the National Academy of Sciences, 105(3), 1050–1054. DOI. Estudio experimental.




